Tengo los pies rotos
de tanto correr por tu espalda.
Para (re)corrérmela entera
con mis labios por puntera.
Para empaparme del sabor
que desprenden
cada una de tus vértebras.
Tengo los pies rotos
de los saltos que (te) doy
para que me Veas.
Para que dejes de usar mi lengua
como abrigo de tus penas.
Para que sea tu primera opción,
en lugar de la que siempre guardas
en la lista de (des)espera.
Los pies rotos.
Abrasados.
Desfigurados.
De entregarte mi(s) memoria(s)
y de que ni siquiera la(s) lea(s).
De que me eches en (la) cara
tus propias so(m)bras.
De que me silencies los latidos
cuando estás temblando con otra.
Y por otra.
Tengo los pies rotos
de tanto golpearme contra tu pared.
Ésa que has levantado
entre tu piel
y mi piel.
Ésa que te hace crecer
nubes en los ojos.
Ésa que te llena de oscuridad
el buen querer.
Pies rotos.
De tanto intentar alcanzarte
con la llamada de un amor
al que ni siquiera
has (cor)respondido.
De tanto patalear la Realidad
para que se abra una fisura en su gravedad
y los sueños que te sueñan siendo mía
puedan trepar hacia la Verdad.
Tengo los pies rotos, sí.
Pero, ¿sabes una cosa?
Estoy aprendiendo a Volar…
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