Así es la vida. Así de misteriosa. Así de desconocida. Sin pedirnos permiso, nos arranca las vestiDURAS. Para así dejarnos humildes y desnudas ante nosotros mismos. Y ante el mundo.
Una eterna cata de latidos. A ciegas. A tientas. Donde entre suspiro y suspiro, un silencio, un vacío, nos habla al oído. Y nos recuerda que esto son dos días. Que las puertas ya están abiertas. Que ni siquiera hay puertas…
Así es la vida. Tan radical. Tan contundente. Tan temeraria. Tan llena de lágrimas. Y de sonrisas. Y de vuelos sin alas. Y de caídas tropezadas. Y como mejor podemos, aterrizadas.
Los errores que cometemos nos recuerdan que somos humanos. Y no humanos disfrazados de dioses. Que nadie es perfecto, aunque todos siempre lo seamos. Que no hay nada más bello que una vulnerabilidad mostrada sin vergüenzas. Ni aspavientos. Y nada más intenso que un fuego sostenido en el aliento. Y en el quiero, pero no puedo.
La vida es una eterna cata a ciegas. A ciegas porque la mayoría ni siquiera saben que no saben. A ciegas porque tenemos la mirada velada de ignorancia y de miedos. Miedo a sentir. Miedo a amar. Miedo a vivir. O, mejor dicho, a morir. A morir sin haber vivido. Sin haber amado. Sin haber sentido.
Un viaje en el que vamos catando el sabor de los encuentros. De los rechazos. De las soledades. De los abandonos. De los amores secretos. De los que gritamos a pecho descubierto. De los que jamás serán. De los que fueron y se fueron…
Y seguimos caminando. Porque el camino eres tú. Y soy yo. Y mientras nuestros cuerpos aguanten, con los pies por delante…, pero también por detrás, bailaremos al son de la divina comedia que es esta vida nuestra. Tan nuestra… que se pierde entre los límites de la Consciencia hasta desaparecer en Ella. Que eres tú. Y que soy yo. Y que es el Amor.
Así es la vida. Una eterna cata a ciegas. Y el único camino hacia la Muerte que Dios nos selló.


