Hay días (la mayoría) en los que me apetece quedarme en casa. Disfrutar de ella. Del olor a Hogar. A seguridad. Y estar conmigo. Sin agendas. Sin planes. Sólo escuchando. Sintiendo lo que me pide el cuerpo. Aburriéndome. Viendo cómo desde ese lugar surge lo inesperado. Desde una espera que hace tiempo que ya no me desespera. Porque sé que está llena de creatividad. Porque sé que, a veces, lo que más necesitamos es parar. Dejar de buscar fuera. Para que lo genuino encuentre su Camino y pueda susurrarnos lo que está más allá del pensar. Y del imaginar.
Hablar con el Silencio. Permitir que las emociones se recoloquen. Dejarte sentir por todas ellas. Siendo Consciente de su belleza. De una belleza que trasciende lo agradable y lo desagradable. Y el concepto de belleza que nos han contado.
La belleza de ¡lo bello que es vivir! Con todo lo que implica vivir. Con todos sus desafíos. Con todos sus amoríos. Y con todos sus desamoríos. Y sus desaboríos.
Parar. Quedarte Dentro. Para poder (re)coger lo Esencial. Y abrirlo lento. Sin las prisas de la productividad. Y sin el miedo que nos da la muerte de unas horas que jamás volverán…


