La piel está llena de historia.
Y de (des)trozos de memoria.
Que esconden voces
que fueron enmudecidas.
Que fueron olvidadas.
Que fueron quebradas.
Que fueron rotas.
Hay un rastro que (nos) dejamos
cada vez que nuestras pieles se chocan.
O se acarician.
O se golpean.
O tan sólo se rozan.
Un rastro que se queda a (con)vivir
en nuestras sábanas.
Que nos (re)zumba
el segundo después
del «después»
de esos tiempos
que desearías
que se quedaran
sin entierro.
Rastros.
Que nos suben al Cielo.
Que nos bajan al Infierno.
Que nos n(h)acen.
Que nos (des)hacen.
Que (nos) dejamos
en el Camino.
En el Camino del Silencio.
En el Camino del Ruido.
Que tienen el potencial
de convertirnos en flores.
En flores de plástico.
O en flores con aroma a genuino.
Tenemos la Piel llena de historias.
Que nunca dejan de ser historia.
Porque las vamos tatuando
en otros cuerpos.
Con nuestras miradas.
Con nuestros abrazos.
Con lo que gritamos.
Con lo que callamos.
Con los besos que no damos.
Con los «te amo»
que se quedan volando
en un espacio
jamás aterrizado.
Con los rastros
que (nos) dejamos
cada vez que tu ansia
por hacerme tuya
colapsa con mi ansia
de que llenes de sudor,
de gemidos
y de ternura
los anhelos (de ti)
que tanto me (re)tumban.

LA PAZ INTERIOR ES LA DESIDENTIFICACIÓN DEL PENSAMIENTO
LO que eres no son tus pensamientos.LO que eres es la Paz que tanto anhelas. Y no es algo que

