CUANDO LA INDEPENDENCIA EMOCIONAL TE ALEJA DE LA VIDA

Hubo un tiempo en el que me tragaba la Vida. Me la bebía noche sí y noche también. No dejaba ni una gota para después. Todo era muy intenso. Por fuera y por dentro. Y cuando estás tan abierta a «que sea lo que Dios quiera», cuando no hay miedos que te paren, cuando tu Corazón es de los que no aman a medias sino al 100%, las heridas empiezan a tatuarse en tu piel. Vas acumulando sufrimiento, roturas, desengaños que te acaban pasando factura. Hasta que ya no puedes más. Hasta que el pasado se hace muy presente. Hasta que necesitas PARAR tanta intensidad.

Y eso hice. Lo dejé todo atrás. En lugar de buscar tanta adrenalina, amor, cariño y caricias fuera, empecé a viajarme. A mirarme al espejo. A cuestionarme. A encontrarme. A amarme tal y como era. Con todas mis luces y mis sombras. Mis virtudes y mis defectos. Me hice experta en soledades. Tanto… que me olvidé de vivir.

A veces, la independencia emocional esconde un miedo terrible a conectar con el otro. Sobre todo, cuando has tenido experiencias en las que has acabado con el corazón roto. Cuando lo has dado todo y en un instante la vida te lo ha arrebatado. Y te ha dejado tirada con tu síndrome de abstinencia de Ella (sea quien sea ella). Y has asociado el dolor natural de una ruptura con adicción y dependencia emocional.

Evidentemente, TODO en la Vida tiene su razón de existir. Esa necesidad de «no volver a sufrir por nada ni por nadie» hizo que iniciara un camino en el que aprendía a sostenerme yo solita en todo. Hasta en experiencias muy duras prácticamente insostenibles. Esa autosuficiencia, ese enamoramiento de la soledad, provocó también (sin darme cuenta) que me alejara del mundo. De las relaciones. De los vínculos. Del contacto. Del roce. De lo que huele a verdad.

Yo sola estaba bien. No sufría. Nadie podía abrirme heridas. Ni abandonarme. Ni romperme el corazón, de nuevo. Pero cuando eres intensa, apasionada, cuando el fuego te arde dentro, no puedes ser feliz sin otros cuerpos. Otras miradas. Otros (a)brazos. Otra intimidad, profundidad, vulnerabilidad y sensibilidad aparte de la tuya. Había ese anhelo de amar y de ser amada sin medida. Desde otro lugar. Desde otra madurez. Desde otra consciencia. Pero con la misma intensidad que me hizo caer. Y que ninguna soledad ha podido ni menguar ni apagar.

Me olvidé de vivir, pero no de Sentir. Porque mi Piel está hecha de volcanes, de aves fénix y de cenizas. Necesita vibrar. Necesita acción. Necesita despeinarse. Necesita jugar. Achuchar. Tocar. Acariciar. Lamer. Besar. Echar un polvo. Tras otro. Follar. Necesita miradas que leer. Y miradas que la lean. Necesita silencios compartidos. Y risas. Y chispas. Y, sobre todo, amar. Amar hasta reventar.

Empecé a vivir todo lo que anhelaba en mis fantasías. Vivo muchas vidas a la vez. Muchas relaciones. Muchas películas ya escritas. Pero ninguna es real. Todavía…

Quise iluminarme y ¡me olvidé de vivir! ¡Qué locura!

Me escapé del único lugar en el que se puede ser completa y plenamente feliz: la Vida. La Vida con sus idas y sus venidas. Con sus placeres y sus dolores. Con sus Síes y sus Noes. Con la punzada en el pecho que aparece cuando Ella te dice que «no, lo siento». Con el temblor de todo tu cuerpo cuando te enamoras y no sabes si mañana amanecerás acompañada o sola. Con ese «echar de menos» que te ahoga cuando no puedes saber de Ella. Con ese pánico que te acecha cuando te lanzas al vacío y al abismo y al precipicio del «no saber».

¡La Vida, coño! ¡La mismísima Vida! Que la espiritualizamos tanto que pasamos por alto que estamos aquí para experimentar(la), no para comprenderla ni pensarla ni analizarla ni razonarla ni iluminarla…

Fui experta en intensidades. Fui experta en soledades. Y ahora… y ahora me muero por que las dos se abracen, se unan y se amen. Porque no son dos, sino UNA. Porque si te falta una cara de la moneda, te falta la moneda entera.

De tanto querer no sufrir, ¡me olvidé de vivir! Me olvidé de que la Vida es ESTO por lo que no se puede pasar de puntillas. ESTO que te tira al suelo. Y te hiela. Y te abrasa. Y te quema. Y también te eleva. Y te hace tocar el Cielo. Y te abraza. Y te mece. Y te deshace las penas con todo su amor, su ternura y su compasión.

La Vida es vulnerabilidad. Y también furia. A veces, salvaje. Muy salvaje. Y otras, delicada. Muy delicada.

Estoy en tránsito. ENTRE lo que fui y lo que seré. Entre el olvido y el recuerdo. Entre el miedo y ese anhelo que cada vez puedo sostener menos.

Tengo un hambre voraz de amar, amar y amar. No en mis fantasías. En la Realidad. Y aunque el miedo sigue habitando en mí, ahora hay una fuerza mucho más poderosa que él que me empuja a Salir. De la cueva en la que me he metí. Que me enseñó a tocar mi Infierno. Y también mi Cielo. Y a no salir huyendo de ellos.

Quise encontrarme. Y me perdí. Quise iluminarme. Y me oscurecí.

Quise vivir sin sufrir. Y me olvidé de Vivir. De disfrutar. De jugar. De Amar.

Pero he Despertado. He Despertado… POR FIN.

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