Contra la pared.
Sintiendo el contraste
entre su frío,
tu calor
y el mío.
Ardiendo juntas.
Por un roce imprevisto
que moja mi corazón
y (te) abre mis piernas.
Para que entres
y me desordenes el aburrimiento,
las comodidades
y esas rutinas tan desiertas.
Contra la pared.
Para que mi mirada seca
se moje con la humedad
que derrama
el movimiento salvaje de tus caderas
sobre mis caderas.
Para acabar de
(re)correrme
con cada gemido
que grita tu cuerpo
cuando te saboreo lento,
pero con prisas.
Como si estuviera viva
del hambre que tanto
me despiertas.
Hambre de saciar mi sed
con el sudor de tus heridas
y con las pasiones
que tanto evitas
para que no se derrumben
las firmes estructuras
con las que te esclavizas.
Contra la pared te quiero.
Y te fantaseo.
Con tus muñecas
jugando a ser
cadenas.
Con mis caricias
haciendo temblar
la punta de tu lengua.
Y nuestros labios
deshaciéndose…
sobre los pecados
que los encierran.
Tú. Yo. Nosotras.
Gimiéndonos las soledades.
Lamiéndonos los vacíos.
Arrancándonos los miedos.
Mordiéndonos las penas.
Penetrando…
en nuestras profundidades.
Y explotando nuestro fuego
en ellas.
Contra la pared
me tienes.
Sin poder mover(me)
ni un sólo milímetro
de mi deseo
por estar absolutamente
atrapado
por la fuerza,
la intensidad,
la sensibilidad
y el desgarro
que habita
en el olor
de tu Piel.
Y en esa libertad
tan indomable
que habita en tus ojos
cuando te mueves al compás
de nuestros ritmos
feroces y voraces.
Te quiero ahí.
Contra la pared.
Para hacer
de cada dolor
que te has tragado
un éxtasis de placer
que te haga olvidar
al menos por un instante
tu necesidad constante
de vomitarle a la vida
las cenizas del ayer.


