CARICIAS EN EL SUELO

Me quemo.
La planta.
Los pies.
Cada vez que mi fuego se mueve.
Y danza con el viento.
Y con los
«quiero, pero no puedo».

¡No toques, acaricia!
Me dice la Danza
cuando me convierto en cenizas.
Dibuja caricias en el suelo,
no llamas
que te abren gri(e)tas
en las lenguas saturadas.
De salivas que se secan.
Y de miradas atormentadas.

No sé extinguir mi incendio.
Hay demasiada leña
en mi cuerpo.
Que viene,
aunque no me (con)venga.
Sin llamar a la puerta.
Sin señalarme un destino
que está proscrito.
Sin (re)cogerme
el fruto prohibido
de mi árbol caído.

¡Acaricia el suelo!
Me repite la Danza
cada vez que el volcán
se pone en marcha.
Y se mancha de impaciencia
la lava.
Y se llena de larvas
la calma.

¿Cómo se hace?
¿Acaso puede el fuego
no quemar(se)?
¿Acaso puede un orgasmo
dejar de correr(se)
y de jadear(se)?

Igual que acaricias lentamente su cuerpo,
aunque tus dedos estén hirviendo
por saciar su sed.
Y lo único que desees
es devorarla por dentro…
Así,
respirando tu aceleración
y tus brasas,
dibuja caricias en el suelo.
Como si el suelo
fuese su piel.

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