Cuando tienes un rol muy marcado porque lo has adquirido durante la infancia, éste no se va de un día para otro. Está impregnado en todo tu sistema nervioso. Y por mucho que mentalmente lo comprendas, el cuerpo tarda mucho más tiempo en disolverlo. Son necesarias experiencias reales donde no reacciones, no decidas, no actúes, no respondas a una situación como lo hacías desde ese rol (desde la herida, desde la niña necesitada) sino desde el adulto, desde la madurez, desde un amor sano, un vínculo sano que te aporte paz, presencia, serenidad, coherencia y no intensidad, desequilibrio, ambigüedad, inestabilidad, invasión, incoherencia, presión, obligación… Que es lo familiar para esa niña, para esa herida, para ese sistema nervioso que por eso se activa cuando se encuentra con situaciones, energías (personas) de ese tipo y confunde amor sano con amor insano aprendido.
No es fácil. Ese rol, esa herida cubre toda tu identidad. Y a medida que vas diciendo que NO a lo que te hace daño (por muy familiar que lo sientas, por mucho que te enganche, por mucha adrenalina que te suba), se va agrietando poco a poco. Van cayendo capas y, con ellas, emociones no expresadas. No lloradas que es necesario que se SIENTAN (es lo que solemos evitar). Es necesario que esa niña tenga el permiso por la adulta (que también eres) para expresar todo lo que en su día no pudo, no le dejaron, creyó que no era correcto. Es la adulta la que sostiene a la niña. La que la acompaña. La que la abraza, la cuida y la ama como nadie pudo y supo hacer cuando lo requería.
Esas grietas van acercándonos cada vez a la raíz. A veces, da la sensación de que «ya has cortado la raíz» porque lo ves claro. Pero luego vuelves al mismo rol porque en realidad era sólo una rama que se había caído. Una «raíz» en minúsculas. Y ése es el proceso, lento pero seguro. Doloroso y liberador. Que necesita mucha compasión de ti hacia ti. Es un aprendizaje a sostener toda la culpa que va a aparecer (inevitable) y aun así seguir diciendo que NO a aquello que no te hace bien (repito, por muy familiar y adictivo que se sienta).
Cuando se toca la raíz, la Verdadera, lo sabes. Hay algo dentro de ti que dice «nunca más vuelvo a dejar abandonada a mi niña». El miedo a dejar de pertenecer, a ser rechazada, a quedarte sola ya no está porque el dolor que has sentido cuando la raíz se ha cortado es tan fuerte que te va a servir de recordatorio para cuando la vida te ponga a «prueba». Ahora ya no es una compresión mental. Ya no actúas desde la mente, desde el conocimiento y la consciencia. Ahora tu sistema nervioso, tu cuerpo ha cambiado. Tu identidad aprendida (herida e insana) se ha soltado y la madura, la adulta, la amorosa ha ocupado su lugar.
Y este cambio de identidad cuando se corta la Raíz parece que sucede en horas. Te vas a dormir después de haber sido consciente y expresado todas esas emociones de raíz (llorado mucho, enfadado contigo por haberte hecho tanto daño) y te despiertas sintiéndote otra. De la noche a la mañana. Pero era algo que se había estado fraguando desde hacía AÑOS. Todo ese trabajo anterior, en «silencio», por dentro, cada vez que decías no, no y no, aunque sintieras culpa, aunque tu sistema nervioso se alterara, iba disolviendo el rol, la herida, la identidad antigua. Cuando creías que «todo sigue igual», «no he avanzado», «vuelvo a caer en lo mismo», «sigo sintiendo culpa», se estaba cambiando algo. Era un gota a gota que iba minando la roca de la Identidad.
Es igual que un árbol. Cuando se cae, no se ha caído por un hecho puntual. Llevaba tiempo «cortándose por dentro» sin que se diera cuenta. La «gota que colma el vaso» lo colma GRACIAS A todas esas gotas que lo han ido llenando.
No se puede cortar la raíz, la herida, la identidad de golpe. No funciona así. No es soportable. Hay muchísimo dolor ahí. Por eso, se hace poco a poco. Y se hace solo. La Vida te trae las personas, experiencias, que por resonancia te activan ese rol que has adquirido (esa herida). Es lo que (a)traes inevitablemente. Y son la oportunidad para transformarte. Para sanarte. En la medida en la que lo vas haciendo, tu resonancia, tu frecuencia va cambiando. Y también aparecen personas, vínculos que son sanos. En los que tu sistema nervioso, tu cuerpo, tu Corazón, descansa en paz. Se siente «hogar». Un Hogar de amor real, no un «hogar familiar» donde el amor estaba lleno de creencias alejadas del Amor. Y entonces puedes comparar lo que sientes con un vínculo insano y con otro sano. Y ahí es donde eliges: esto sí, esto no. Y donde todo empieza a cambiar. Poco a poco, sí. Pero con menos sufrimiento. Con más liberación cada vez.
Por eso, repetimos patrones. No porque estemos haciendo algo mal, sino porque el patrón desaparece cuando se corta la raíz, no una rama. Vuelve a aparecer para que sigas agrietando la identidad. Porque es en lo que sigues resonando, aunque sea con menos intensidad. A veces, da la sensación de que como PARECE que nada cambia, que sigue atrayéndote lo mismo y sigues cayendo en el mismo rol, es que no has hecho un trabajo real. ¡Y no es cierto! Se está haciendo, pero en lo invisible. Poco a poco para cuando estés preparada, para cuando estés lo suficientemente madura como para poder sostener ese corte de raíz y ese cambio permanente de identidad.
No se trata de que ames a todo el mundo, de que te lleves bien con todos y de que puedas tener vínculos con cualquiera. Esta idea es ilusoria y desde la niña. Lo real es que hay personas con las que eres compatible energéticamente y otras con las que no. Que te drenan. Que te activan ese rol, esa alerta. Y la madurez, la adulta, es la que dice NO a eso, con calma, con tranquilidad. Sin culpa CUANDO se ha cortado la raíz (no antes). Porque la REALIDAD es que no todo el mundo está realizando ese trabajo interior de sanación. Y eso hace que proyecten en los demás sus heridas, sus creencias insanas, su falta de respeto, su sobreprotección, su dolor, su invasión, su incoherencia interna. Y no es un juicio. Yo también lo he hecho sin ser consciente de ello. Porque la herida, la reacción desde ese lugar, no la ves hasta que la Ves. Hasta que la comprendes, la sientes y te das cuenta de que esa forma de actuar, de vincularte no es adecuada.
Cuando tú llevas un trabajo de sanación, de transformación, de cambio muy profundo lo que eliges son vínculos sanos. Son personas que vibren en tu misma frecuencia. En una que te aporte paz y no caos. Que estés en el mismo «nivel» de «amor sano», no en el que tengas que volver al rol de salvadora o de sostenedora o de terapeuta de nadie. Podrás acompañar en un momento dado, pero la otra persona será adulta, responsable de sí misma, respetuosa y coherente. No al revés. Eso ya no lo quieres. Ya no lo eliges. Y tu cuerpo, tu sistema nervioso te lo indica. Te señala lo que es un SÍ (paz) y lo que es un NO (caos, sufrimiento, soledad) PARA TI. Y quizás para otros sean distinto. Porque cada uno tenemos una historia distinta. Por eso lo que para mí es «hogar» para otra persona puede no serlo. Pero como estamos acostumbrados al enganche, a que intensidad=amor, a que nuestro deber es responsabilizarnos de las emociones de los demás y sostenerlas porque es lo que nos da valor y poder, decimos que Sí a lo que nuestro cuerpo está gritando que es un No. Porque estamos confundidos. Porque la química corporal del enganche, la adrenalina, la intensidad y la culpa nos ganan la partida. Hasta que… dejan de hacerlo. Hasta que estamos agotados de sufrir, de sostener, de la soledad y vacío que vienen después. Y es cuando empezamos a tener fuerza (por claridad) para decir que No, aunque haya una atracción que nos lleve a decir que Sí otra vez al sufrir.
Ese Sí al enganche, al amor no sano, es un Sí a dejar abandonada a tu niña. A cargarla de nuevo con una responsabilidad que nunca le perteneció. Y esta imagen de abandono, de sufrimiento de tu niña interior cada vez que vuelves al rol e identidad que te asfixian, es la fuerza para sacarte de él. Es tan doloroso verte en esa situación, es tan doloroso DARTE CUENTA de que cada vez que dices que Sí a lo que te hace daño (por muy intenso y vivo que te haga sentir) estás maltratando a esa niña (a ti), que ya no puedes volver a hacerlo. Aunque sigas sintiendo «síndrome de abstinencia».
Es necesaria tener mucha paciencia. Comprender que cada experiencia tiene su razón de ser. Que está haciendo su trabajo en silencio. Y que cuando entras en proceso de «cortar la raíz», de «noche oscura del alma», lo que el cuerpo necesita es descanso, expresarse e integrar. Por eso, puedes sentir mucho cansancio físico. Porque se está recolocando todo a nivel del sistema nervioso (no mental). Porque se está gastando mucha energía emocional.
Escucha a tu cuerpo. Hazle caso. Si te pide quedarte en casa, contigo, llorar, hazlo. Estás integrando la nueva identidad. Estás soltando lo antiguo. Lo que lleva años mandando en ti. Y eso lleva su tiempo también. Respeta a esa niña que necesita espacio, abrazo, PRESENCIA de la adulta. No necesita que demuestres que puedes con todo. Necesita que la ames tal y como es. Con toda su necesidad de soltar la rabia, la frustración, la impotencia, la ira, la necesidad de ser amada y también.
Nuestro cuerpo nos habla. Es nuestra brújula para lo que nos hace bien y lo que no. Y no es necesario comprenderlo ni justificar a nadie esos Noes. Ya no necesitas que te aprueben, que recibas amor «a cambio de», que seas la salvadora de nadie. Ya no necesitas demostrar nada a nadie. Ni siquiera a ti. Sobre todo, a ti. Si los demás no lo entienden, te rechazan, te presionan, te hacen chantaje emocional, no están hablando de ti, sino de ellos. Son sus heridas, sus niños internos los que hablan, no el Amor adulto y sano. No es tu responsabilidad curarlos, sanarlos, sostenerlos emocionalmente. Tu responsabilidad es para contigo. Para lo que te calma, no lo que te altera.
ELIGE lo que te da Paz, aunque haya algo de miedo. Ése es el camino. Ésa es la pócima mágica que tanto buscas fuera.
Se cambia a través de EXPERIENCIAS directas tuyas, de tu sistema nervioso, no del de los demás. La comprensión ayuda, pero hasta que el cuerpo no «comprende» a través de experiencias positivas, amorosas, sanas, no se produce el cambio real y definitivo. No regresas a casa. No te «iluminas». No te sientes libre, completa, plena y en paz contigo misma.


