ACEPTAR EL DOLOR: EL VERDADERO VALOR DE LLORAR

A veces, no sabemos por qué lloramos. Yo siento que en muchas ocasiones nuestras lágrimas de ahora pertenecen al pasado. Lloramos lo que en su día nos tragamos. Lo que guardamos en algún rincón de nuestro cuerpo. Y, no sé por qué, cuando han pasado los años (o los meses o las horas o los días), esas lágrimas (por fin) salen del escondite en el que inconscientemente las metimos y pueden descansar en paz. Y nosotras, también.

Es un proceso curioso. En mi caso, primero empiezan a surgir multitud de pensamientos que me encienden la furia. Una furia muy poderosa que podría destruir el Universo entero. La respiro (todo lo mejor que puedo…) para no vomitársela al mundo (que ya está demasiado empapado de vómitos ajenos…). Me cuesta porque el Fuego cuesta mucho de contener. Parece que te vaya a estallar dentro. Pero supongo que tengo bastante práctica (afortunadamente para los demás y para mí) en esto de contener volcanes en erupción. Si no… otro gallo cantaría.

Y como todo lo que sube, baja…, después de la ira, aparece la Soledad de la tristeza. O la tristeza solitaria. O el recuerdo de tantas veces que me he sentido sola. A veces, porque lo estaba. Otras, porque no dejaba que nadie se acercara. Y ahí es cuando me rompo (porque AHORA me permito romperme y no ser fuerte siempre). Y cuando lloro con ganas. Con muchas ganas. Como si no hubiera un mañana. Como si un huracán me estuviera barriendo por dentro lo que ya «no es». Lo que sobra. Lo que pesa. Lo que ahoga.

Y, por último, surge la liberación; acompañada al principio por un halo de melancolía. De vulnerabilidad. De duelo. Que se va desprendido poco a poco. A medida que pasan los minutos. Las horas. El tiempo. Como una niebla que va despejando tu Cielo.

Es muy intenso. Y lo es porque casi no hay resistencia. Las emociones encuentran un canal limpio por el que transitar. Por el que pasar. Por el que expresarse y volar. Donde antes había muros (por miedo a sentir), ahora hay Espacio. Un Espacio que ya no juzga, condena ni castiga lo que fluye por él. Ya no hay creencias que impiden a la Vida vivir(se) a través de mí. Porque las emociones, sean las que sean, ¡son pura expresión vital! Y debido a los condicionamientos que recibimos (por todas partes), las castramos. Las amordazamos. Las rechazamos. Las desterramos. Las negamos. Las abandonamos. Acumulándose de esta manera en todo nuestro cuerpo. Que puede llegar a caer enfermo (física y/o psicológicamente) de tanta esclavitud crónica interna.

Es muy fácil. Muy fácil. Sólo necesitamos sentir lo que sentimos. Llorar las tristezas, las rabias, las iras, las furias, los vacíos y las soledades. Sólo necesitamos acurrucarnos en la cama y permitir que nuestra fragilidad humana se exprese sin corazas. Sin armaduras. Sin restricciones.

Pero estamos tan llenos de IDEAS erróneas sobre cómo deberíamos sentir y no sentir, sobre LO que deberíamos y no deberíamos sentir y no sentir, sobre lo que significa la valentía, la fortaleza, la sensibilidad, la vulnerabilidad y el poder personal, que acabamos asfixiándonos con todas las emociones que no nos permitimos sentir. Porque nos creemos que llorar es de débiles. Porque nos creemos que enfadarnos es de no espirituales y no conscientes.

¡Estaba tan equivocada creyendo esas creencias! Me he pasado casi toda la vida con ellas a cuestas. Y aún y con todo el autoconocimiento que tengo, con todas las transformaciones internas que he realizado (que han sido muchas), con todo lo que he llorado que en su día no lloré…, aún y así el pasado sigue visitándome. Y siguen saliendo lágrimas y rabias de debajo de una alfombra que ni siquiera puedo Ver.

Nos enseñan a ser fuertes, a no rendirnos, a esforzarnos para lograr nuestras metas, nuestros deseos, nuestros sueños… Pero no nos enseñan a ¡llorar! No nos enseñan que a veces, no se trata de «hacer» sino de «parar». No se trata de reír, sino de llorar. Porque tenemos los órganos, las vísceras, los músculos, las vértebras, los huesos, las entrañas, el alma… llenas de tristezas, de penas y de iras no expresadas. Y así nos va…

Estar con la alegría es muy fácil. Lo difícil, lo VALIENTE es quedarnos con el dolor, con la tristeza, con la soledad. Y abrazarlas. Y amarlas igual que amamos la diversión y el gozar. Porque las dos son Vida. Ni positivas ni negativas. Sólo Vida siéndose a través de nosotros.

Y te puedo asegurar que si no eres capaz de ESTAR con las penas (las tuyas y las de los demás), con tu sufrimiento (y el de los demás), con esa otra cara de la moneda que casi nadie se atreve a mirar, te pasarás la vida caminando con miedo. Huyendo de una parte de ti. Escapando de ella de mil y una maneras de las que ni siquiera te darás cuenta. Pero tu cuerpo, sí.

Siente, siente, siente. Llora, llora, llora. Aunque no sepas por qué. Aunque no entiendas nada. Sólo llora. Sólo llora. Y descansa en la Paz que surge cuando te amas en tu Totalidad.

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