ABRIRLE EL CORAZÓN TAMBIÉN A LA OSCURIDAD

Nos da miedo mostrarnos frágiles. Inseguros. Ignorantes. Vulnerables. Porque nos da miedo el rechazo. Que no nos acepten. Que no nos amen. Que nos juzguen. Y nos da miedo porque nos creemos que «tenemos que» ser siempre luz para ser «dignos de» Dios (o tu padre o tu madre…).

Nos creemos que nuestra mejor versión, la más elevada, la de más alta frecuencia y vibración, es aquella en la que esa «oscuridad» es eliminada de nuestra faz. En la que siempre estamos bien. Siempre seguros. Siempre alegres. Siempre disfrutando. Siempre serenos. Sin tristezas, temblores ni iras de por medio. Y esto no es más que una IDEA de iluminación, de realización, que nada tiene que ver con la realidad de nuestra Humanidad.

Y para lograrla, para conseguirla, para alcanzarla, acabamos disfrazándonos de santos y de santas. Acabamos metiendo en lo más hondo de nuestro cuerpo y de nuestra alma lo que CREEMOS que es pecado. Acabamos enterrando y desterrando nuestra autenticidad. Nuestra espontaneidad. Nuestra naturalidad. Nuestra HONESTIDAD. De ahí, toda la frustración, vacío y soledad que acumulamos. En la piel, en el Corazón y en las entrañas.

No nos sentimos libres porque no nos permitimos ser quienes somos en cada momento. Porque no nos permitimos caer. Porque no nos permitimos sentir miedo. No ser valientes. No amarnos siempre. Porque no nos permitimos ¡ser humanos!

Tenemos la mente llena de mordazas. De condiciones «para». De máscaras puritanas. De mandamientos y moralidades que nos asfixian. De espiritualidades que hacen que nos escapemos de nuestra Totalidad (luz y oscuridad) y de la Vida.

Y con esta excusa de «ser auténtico» no se trata de disfrazarnos de víctimas. Ni de verdugos. No se trata de decir lo que nos dé la gana sin el filtro de la compasión, de la empatia y de la responsabilidad afectiva. Podemos equivocarnos. Nuestras reacciones pueden dañar al otro, sí. Pero no DESDE la arrogancia y el «soy libre de hacer lo que quiero cuando quiera y a quien (no) quiero», sino desde nuestra humana imperfección.

Tenemos el Corazón cerrado a nuestra oscuridad porque nos han dicho (y nos hemos creído) que tenemos que ser buenos para «ser buenos». Para alcanzar el Cielo. Para limpiar nuestro karma. Para que Dios Padre… nos abrace. Para no volver a reencarnar. Para subir un escalón más. Para entrar en la duodécima dimensión. Para atraer abundancia. Para que el Universo nos regale plenitud, felicidad, almas gemelas y amor incondicional.

Todo ideas, creencias, con la misma raíz: no eres válido tal y como eres. Necesitas ser más y mejor. Tener más y mejor.

¿Cómo vas a sentir Amor Incondicional si rechazas una parte de ti?

Una cosa es que haya energías densas que te provoquen rechazo (la violencia, el abuso de poder, la intolerancia, el victimismo, el drama…) y otra muy distinta es que rechaces una emoción natural. Un comportamiento/reacción puntual. Una «forma de» ser, una personalidad, un cuerpo, un color de piel, unos gustos, unas preferencias que no hacen daño a nada ni a nadie. Que forman parte de tu temperamento. De tu genética. De tu naturalidad.

Nos dicen por activa y por pasiva (desde todos los ámbitos) que debemos mejorar. Que tal y como somos no estamos bien. Que si seguimos así no tendremos éxito. No triunfaremos. Nos quedaremos solos. Habremos desperdiciado la vida. Y nadie nos amará. ¡Qué presión, coño!

No se trata de arreglar nada, sino de amarnos tal y como somos en cada instante. Lo que no significa (de nuevo) que empecemos a disparar veneno por nuestra boca y ni siquiera nos inmutemos. Esto no sucede. El hecho de «amarse» no elimina la empatia ni la compasión (a no ser que antes no la tuvieras).

Para amarse es necesario haber entrado en tu oscuridad, en tu sombra. Haberla mirado de frente. Haberla SENTIDO (que es lo que la mayoría temen y no quieren). Haberla RECONOCIDO. Asumido. Y es en ese «dejo de rechazarte», es en ese «te veo» donde de manera natural y espontánea surge la aceptación, la rendición, el abrazo y el amor incondicional (que nada tienen que ver con ser una santa).

Si más personas mostraran su vulnerabilidad, sus miedos, su autenticidad, desde la madurez, la humildad y la honestidad (no desde el drama y el victimismo), conectaríamos más los unos con los otros. Porque de puertas para adentro, cuando nadie nos mira, cuando no estamos buscando «me gustas» y clientes, TODOS somos igual de imperfectos, de frágiles y de humanos. Lo que no significa que no nos sintamos alegres, que no disfrutemos de la vida, que no seamos felices y que no tengamos paz. Significa que lo somos TODO. Las dos caras de la moneda.

¿Por qué mostramos sólo una? ¿De qué tenemos tanto miedo? ¿Cómo van (vamos) a conocernos, a amarnos, si no permitimos que lo hagan en nuestra totalidad? ¿A quién se supone que aman los que dicen que nos aman o admiran si sólo conocen una parte nuestra? ¿Cómo vamos a crear un VÍNCULO profundo y real si somos superficiales e irreales?

Ser Consciente no es no sentir emociones desagradables. Ser Consciente no es tragarnos las palabras para no ser rechazados. Para huir de los conflictos. Para no incomodar. Ser Consciente no es decir siempre Sí. No es siempre ayudar al prójimo. No es poner la otra mejilla para que hagan con ella lo que les dé la gana. No es me callo porque «el silencio es más sabio que las palabras». No es comportarse como el rebaño. No es seguir modas espirituales para ser aceptado.

Ser Consciente es «ser consciente de» todo lo que anida en tu interior. Atreverte a mirarlo. A verlo. A no escapar de ti. De lo que no es «correcto». De los errores que cometes (que todo cometemos). De todos tus miedos (que todos sentimos). Y quedarte contigo. Y así también amarte. Y ELEGIRTE. En tu salud y en tu enfermedad. En tu luz y en tu oscuridad.

Porque no somos máquinas, ni robots ni artificialidad. Somos HUMANOS. Que nos tropezamos, nos caemos y nos levantamos. Y aprendemos. O no. Y seguimos caminando. Llenos de cicatrices. Y de heridas que se abren sin que podamos hacer nada por evitarlo. Y ¡así estamos bien! Con toda nuestra maleta repleta de experiencias. Traumáticas, dolorosas y extáticas y placenteras. Todas juntas en una misma piel. Todas llenas de ¡VIDA! Todas haciéndonos SER.

Porque estar mal también está bien (sin usarlo para alimentar victimismos). Aunque nos hayan contado milongas. Aunque aquellos que aún no han colgado el hábito… de APARENTAR ser maestros y gurús de la Divinidad sigan vendiéndonos técnicas y métodos para alcanzar el Cielo y dándonos sermones de mejores versiones, de iluminaciones y de Autenticidad.

¡Eres perfecta! Con toda tu imperfección. Yo fui de las que rechazaba las imperfecciones. Mías y ajenas. Hasta que me di cuenta de todas las ideas mentales que me habían condicionado para reaccionar de esta manera. Creyendo que TENÍA QUE ser perfecta para ser perfecta.

A medida que se fueron cayendo estas creencias, que me fui Viendo en mi totalidad, y aceptando así, y amándome tal y como era, empecé a dejar de juzgar también las imperfecciones de los demás. Las «formas» de los demás. Lo que no significa (de nuevo) que incluya en mi vida privada a TODO EL MUNDO, que sienta amor por TODO el mundo y que los abrace a todos. Esto NO es autenticidad. Esto es fruto de una idea espiritual errónea más que dice que como somos amor incondicional tenemos que incluir y amar a todos por igual. Yo también lo creía… hasta que me di cuenta de su absurdez.

Podemos decir NO a aquellos que nuestro cuerpo dice NO. Igual que decimos NO a ciertos alimentos, música, películas o «lo que sea» que no nos sientan bien. A otros igual sí, pero se trata de escucharse a uno mismo, ser honestos con uno mismo y respetarse a uno mismo. Aunque el resto del mundo vaya en la dirección opuesta. Aunque tenga que soltar amistades o parejas. Eso es amor incondicional, no ir por la calle abrazando a todo «dios» y diciendo «nos amo» cuando lo que sientes en realidad es «tú por un lado y yo por el otro lado».

La Oscuridad se ilumina (que no significa que desaparezca ni se transforme en fuegos artificiales) cuando te acercas a ella, la miras, te quedas y dejas de juzgarla. De juzgarte. Porque ese «actuar» es la Luz que ilumina. Ese «actuar» es el Amor amando.

Descansa en la paz de sentirte en paz contigo misma, aunque estés llena de caos. No necesitas ser de otra forma. No necesitas demostrarte ni a ti ni a nadie que eres digna de ser amada ni de amarte.

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