DANZAR LAS ESPINAS

Somos rosas.
Y también espinas.
Espinas que no nos atrevemos a acariciar.
Espinas que sólo somos capaces de danzar.

Y ahí dentro,
en la pista donde sudamos nuestros miedos,
la piel se desnuda de los «no puedo».
Y nos permitimos tocar.
Y ser tocadas…
Por una intimidad
que nos enciende la mirada.
Y nos llena ese vacío de intensidad
y de profundidad
que escondemos en el cajón del olvido
cada vez que nuestros pies descalzos
se vuelven a abrigar.

Somos rosas.
Pero también espinas.
Que necesitan ser escuchadas.
Abrazadas.
Y sentidas.

Y ahí dentro,
que es fuera…,
al menos por un instante
nuestros deseos ocultos
se hacen realidad.
Y las espinas
pueden danzar libres
como el viento.
Y mojarse…
como el mar.


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