La Vida no deja de sorprendernos, si dejamos que nos sorprenda. Si no nos creemos que ya lo sabemos todo. Que ya lo hemos visto todo. Si podemos apreciar su misterio. Su inmensidad. Su intensidad. Tanto en su luz como en su oscuridad.
Lo que ayer era un rotundo NO, hoy puede ser un “tal vez” y mañana un SÍ sin dilación.
¡No te cierres en banda! ¡A nada! No vivas para ser perfecta. No vivas para hacer perfecto. Vive para experimentar. Para disfrutar. Para gozar. Para aprender. Para errar. Para acabar. Para volver a empezar.
Todo, todo, todo tiene un sentido.
Y aunque en ocasiones parece que nos tambaleemos, que vaguemos sin rumbo, sin brújula y sin destino, nada es lo que parece. En su momento, en su perfecto momento (que no tiene por qué sentirse como perfecto), las piezas encajarán. Y podrás echar la vista atrás y maravillarte de cómo la historia ha sido hilada, tejida, escrita sin que tú tuvieras ni la aguja ni el hilo y el pincel.
Confía. El Camino se está caminando solito. No nos necesita para nada más que ser atestiguado. Presenciado. Como si nuestros ojos fuesen la cámara por la que la Vida, en su Totalidad, es grabada…


