El nido está vacío.
De recuerdos.
De amores.
Y de desvaríos.
Lo que he criado
ha volado.
Y lo único que me ha dejado
es la sombra de un sueño realizado.
El nido vacío
me ha llenado
el corazón
de (im)pulsos arrítmicos.
Que me tejen la cordura
de delirios.
Que me hacen danzar
al compás de la incredulidad.
Allá donde habita
la mentira de mi verdad.
¿Quién me ha robado lo que he parido?
Las películas que (me) he montado,
¿a dónde se han ido?
Hoy me he despertado.
Y el nido estaba vacío.
Y el paraíso había desaparecido.
Quizás se haya escondido
dentro de un sombrero.
De esos que se pone la magia
para disimular su calva.
O quizás se haya cansado
de haber trabajado tanto.
Y ahora le toque al tormento
rubricar su firma(mento).
El nido vacío
se ha convertido en un espejismo.
En el que buscarse
y no encontrarse.
En el que mirarse
y no Verse.
En el que atar tus huellas
con el cordón de tus cadenas.
En el que mojarse la cara
y salir quemada.
Muy quemada.
Y yo aquí.
Con la brújula desimantada.
Y mis heridas
sangrando poesías.
Tragándome los vaivenes de las olas
que tanto me marea(n) las rencillas.
¿Por qué me habéis arrebatado
la última palabra?
¿Por qué me habéis dejado
sin poder saborear
el aroma tan amar(go)
que dejan las despedidas?

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Hay una perspectiva sobre «nosotros», sobre la Vida, que nada tiene que ver con la común. Con la que nos

